Mostrando entradas con la etiqueta Familias de Carmona. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Familias de Carmona. Mostrar todas las entradas

1 de abril de 2013

Familias de Carmona: Pepa "La Camisona"

Entrevistamos a Ramón Rodríguez Santamaría, 
hijo de Josefa Santamaría Amuedo, Pepa "La Camisona"


Pepa "La Camisona", una mujer querida
y recordada en Carmona
Josefa Santamaría, más conocida en Carmona como Pepa “La Camisona”, conoció al que sería su marido, Antonio Rodríguez González “Camisón”, por casualidades del destino, ya que eran vecinos: Pepa vivía en la Calle Enmedio, y “Camisón” en la Calle Sevilla

El padre de Pepa era un hombre de campo, pero venía de muy lejos: de Galicia, de ahí el apellido Santamaría. En aquella época, muchos gallegos venían a Andalucía para trabajar en los molinos de aceite.
Este gallego de nacimiento pero carmonense de por vida, estuvo en la Guerra de Cuba antes de conocer a la madre de nuestra protagonista. Nada supieron de él en siete años, cuando de pronto, un día regresó. 

Esta angustiosa situación sería imposible hoy día, ya que contamos con muchos medios de comunicación, pero a finales de la década de 1800, Cuba y España estaban divididas no sólo por un océano, sino por meses y meses de distancia.

 
Españoles en la Guerra de Cuba, que España mantuvo con EE.UU.
 Posan justo antes de una batalla. Año 1898

 
Ya en Carmona, conoció a Antonia Amuedo, que procedía de Algodonales. El matrimonio tuvo tres hijos: Pepa, de la que nos habla su hijo Ramón, Gracia, y Antonio, que fue el único de los trillizos de Antonia que sobrevivió.

Pepa y sus hermanos vivieron sus primeros años con relativa tranquilidad, ya que su padre era muy trabajador. Después de mucho esfuerzo, logró ser encargado de una finca y sus hijas e hijo no tuvieron que trabajar hasta ser mocitos.

A una calle de distancia, en nuestra Calle Sevilla, se desarrollaba la vida de Antonio, futuro marido de Pepa y de quién adoptaría su mote. El mote “Camisón” tiene un origen muy curioso: el bisabuelo de Ramón, fue bautizado en Lora del Río por un hombre al que conocían como “Camisón”. Los vecinos del pueblo le llamaban así porque tocaba la guitarra, pero sólo sabía entonar unas pocas notas, que, curiosamente, sonaban como camisón-camisón. Así, esta familia traería el mote de Lora del Río a Carmona. 


La antigua Cooperativa Olivarera de Carmona, de ahí
el nombre de la promoción de pisos
que hoy ocupa el solar donde trabajó Francisco y
su hijo, Antonio "Camisón"
El padre de Antonio, Francisco, tenía una habilidad natural que muchos de sus descendientes heredarían después: era un tratante nato, y muy emprendedor. Tuvo muchos oficios distintos, pero destaca su trabajo en la Olivarera, donde traía y llevaba orujo, aceitunas, acarreaba a las bestias... Todo fue bien hasta que estalló la Guerra Civil, pero Antonio, su hijo, se criaría entre estos negocios, y aprendería a llevarlos luego para sacar a su familia adelante en los difíciles tiempos que se avecinaban.


De pronto un día, la familia de Pepa sufrió un gran varapalo: estando su padre segando en el campo, un infarto se lo llevó de forma súbita. Para cuándo llegó a Carmona, tirado a todo lo largo en una burra, ya había fallecido. Así, Pepa “La Camisona”, se hizo cargo de sus hermanos, al ser la mayor de todos.


Antonio "Camisón" y Pepa "La Camisona"
Un día cualquiera, Antonio y Pepa, como vecinos, cruzarían su mirada: ella tenía 17 años; él, 27, y desde entonces no se separarían. Como se ve a simple vista, Antonio “Camisón” era un hombre muy apuesto; no sólo eso, sino que además se engalanaba y le gustaba de lucir bien. Una vecina, conocida como “La Papocha”, le recriminaba a Pepa que se lo había robao... y es que Antonio bien merecía varias pretendientas.


Contra Pepa “La Camisona”, las demás poco tenían que hacer: cuando el amor aparece y es correspondido, nada lo frena. Una vez casados, se fueron a vivir a lo que se conocía como “la barrería de Leopoldo”. Antonio “Camisón” trabajaba por aquél entonces allí, y la fábrica de ladrillos y locetas disponía de viviendas para los trabajadores.

Antonio llegó a ir de ayudante en un camión: nos cuenta su hijo Ramón, que esta era la época en que se empezaba a llevar el negocio de la construcción de la forma en que hoy lo conocemos.

En la barrería de Leopoldo, nacerían 9 de los 12 hijos que tendría la pareja: allí nacieron Ignacia, Francisco, que desgraciadamente falleció a los 18 meses, Antonia, José, Francisca, Antonio, al que llamaban cariñosamente Kiki, Francisco, que heredó el nombre de su hermano fallecido, Ignacio y Pepita, que con ocho meses ya viviría en la nueva casa del barrio de Santiago.

Aquí vemos los
hornos hechos a mano
donde se extraía la cal
a base de leña
Después de este duro trabajo en la barrería, Antonio Camisón empezó con el oficio de calero: en estos años, la cal que se hacía era de leña. Este tipo de cal ya no existe, de hecho, en Morón de la Frontera, se creó un museo que conserva las chimeneas, hechas a mano, de las que se extraía este tipo de cal. Esto era artesanía pura, eso sí, a base de muchísimo esfuerzo de hombres como Antonio.

Tras esto, Antonio volvería al oficio que vio ejercer a su padre desde pequeño: entró en la Unión Olivarera, donde retomó el negocio del acarreo de las bestias, y además, debido a su experiencia en construcción, les proporcionaba la cal, los ladrillos, trabajaba de arriero yendo a por arena a los arroyos...

No sólo eso, sino que fue de los primeros en Carmona en producir el cisco de orujo, que en aquella época se exportaba a Alemania. Seguro que todos habéis oído hablar de las chimeneas modernas que se encienden con este cisco ecológico, que ahora tanto están de moda. Recuerda Ramón con una sonrisa que, cuando era pequeño, con un borrico les llevaba este cisco a las monjas de Santa Clara, para que calentaran su hogar.


Un arriero del Puerto de Santa María carga en su mula arena de la playa
para usarla en la construcción, como también haría Antonio



Poco después, la familia “Camisón” se trasladaría al barrio de Santiago, concretamente, al número dos del Paso de la Duquesa. Allí nacieron Carmen, que de mayor sería monja, Ramón, que hoy nos cuenta esta historia y al que llamaban “Rami”, y Remedios, que así rezaba en la Iglesia, pero que en los juzgados constaba cómo Ángeles. Este caso se dio en muchos niños y niñas de la época. Se debía a que, curiosamente, a los bautizos no iban las madres, sino las madrinas. La madrina de Remedios era de Mairena del Alcor, y quiso que la pequeña de la familia se llamara como la patrona de su municipio.

La casa del Paso de la Duquesa en el barrio de
Santiago vería crecer a los pequeños
de la familia "Camisón"

El estallido de la Guerra Civil había cogido a la familia en la barrería, con los primeros hijos de Pepa “La Camisona” recién nacidos. Esta gran mujer no dudó en hacer de todo para que sus pequeños, que siempre la llamarían “momá Pepa”, no pasaran demasiadas penurias, y mientras su marido trabajaba y trabajaba, ella se dedicaba a ejercer de “trasperlista”, algo muy típico en esta época: se trataba de trocar, intercambiar, todo lo que se pudiese. “La Camisona” cogía el Carmonilla, y se andaba Tocina y Los Rosales cambiando aceite de Carmona por batatas o pimientos.

El histórico tren "Carmonilla" llevaba a mujeres como
Pepa a pueblos cercanos para intercambiar productos


Vemos a José, Ramón y Graci, la mujer de José
en la Peña Los Tranquilotes, junto a sus mellizos 
Más tarde, tendría su propio borrico, e iría con su hijo José hasta El Viso del Alcor en busca de naranjas. Hablando de su hermano José, nos cuenta Ramón que se parecía muchísimo a su padre: si estaban los dos juntos en una habitación hablando, no sabías distinguir quién era el que tenía la palabra.


Además, José heredó lo bueno de su padre y lo bueno de su madre: trabajador al máximo como Antonio, y solidario como su madre. Desde principios de los años 70 trabajaría de repostero en la Peña Los Tranquilotes, y aunque en esta década ya no se pasaban necesidades como antes, José siempre convidaba y atendía a quién lo necesitara: si llegaba a la peña alguien más débil o necesitado, le ponía un buen plato de menudo y su copita de vino. 


En el Carmonilla estuvo a punto de nacer su hija Carmen, pues Pepa, como tantas mujeres de esta época, no podía permitirse dejar de buscarse la vida por estar embarazada. Las mujeres que iban junto a ella en el histórico tren la tranquilizaron y ayudaron con la carga que llevaba.

Ramón recuerda emocionado, como si las estuviera saboreando ahora, después de 60 años, las ricas batatas que preparaba su madre. Las hacía fritas, como las papas; en su época se hacía incluso helado con este producto.

Un vendedor de batatas en Málaga, año 1942.
Aparecían a la hora de la merienda, voceando: "Caliente y buenaaa"
a lo que la chiquillería contestaba "Como tu hermanaaa"

Sí hay algo que hace destacar a Pepa “La Camisona” dentro de nuestra historia y de nuestro pueblo, es la forma en qué compartía los alimentos con cualquiera que cruzara su puerta: su hijo Ramón recuerda la gran olla que su madre tenía, en la que se cocían ricos guisos de arroz, de papas, deliciosas boronías y espinacas. Sin esforzarse apenas, Ramón revive el sabor de sus guisos. Por mucho que lo ha intentado, no ha conseguido saborear de nuevo el rico guiso de arroz que hacía su madre, al que sólo le echaba una cola de bacalao, que antes tostaba en la candela.


Le preguntamos a Ramón cómo comenzó su madre a dar de comer a tantas personas en Santiago, y su respuesta nos conmueve. En esta época y en este barrio, como ya hemos escuchado en las demás historias de Familias de Carmona, la mayoría de los edificios eran casas de vecinos. Sin embargo, en el número dos del Paso de la Duquesa sólo vivían los “camisones”. Además de ser una familia de muchos miembros, los amigos de los hijos de Antonio y Pepa iban y venían con toda confianza. Muchos de ellos, vivían en las casas de vecinos, y la mayoría, sufrían muchas penurias. Pepa “La Camisona” era incapaz de ver sus caritas hambrientas y sus naricillas olfateando el guiso, así que comenzó a preparar suficiente comida para todo el que estuviera bajo su techo, fuera o no de su familia. Efectivamente, esto no era fácil, pues la pobreza de la posguerra no perdonaba tampoco a “La Camisona”, pero trabajó más y más duro para tener siempre de sobra para los que lo necesitaran. Podría haber vivido más cómodamente, pero su gran corazón, y su condición como persona, no lo permitieron. Lo hacía con orgullo, y jamás se le escuchó una queja.

Parte de la familia Camisón: abajo, de izquierda a derecha, Pepita, Carmen, Ignacio y Ramón.
Abrazando a sus padres Antonio y Pepa, se encuentra Francisco

Además, la familia tenía la suerte de contar con un buen pozo en su casa: en esta época, obviamente no había abastecimiento de agua en las casas, y “La Camisona” le daba agua a todo el que la quisiera.
Esta gran mujer no sólo era trabajadora, cariñosa y piadosa de corazón, sino que tenía la virtud de tener buena mano con la gente, y ser muy valiente. Decimos esto porque nos cuenta su hijo que, si cualquier chiquillo se ponía enfermo, ella, sin miedo, lo curaba como buenamente podía, dándole sus propias medicinas si era necesario.  

Y qué decir como matrona: al igual que a ella otras buenas mujeres le ayudaron, asistió al nacimiento de muchas personas en su barrio querido, el de Santiago. Ramón nos dice emocionado y orgulloso, que mucha gente de su edad se acuerda todavía de ella, de como les curó o alimentó.

Una familia de Chipiona junto a su borrico.
En esta época, el borrico no era sólo 
una herramienta de trabajo muy valiosa; 
llegaba a ser uno más de la familia

El borrico con el que “momá Pepa” iba por los pueblos, se llamaba Remendao. Su nombre tiene explicación, pues fue atropellado por el Carmonilla a la altura de Rosales. Casualidad que Antonio “Camisón” andaba por allí, y apiadándose del burrito, consiguió curarlo. Los animales saben cuando alguien les salva, y Remendao le devolvió el favor con creces. Ramón dice que, para su familia, no hubo mejor borrico en Carmona. Antonio “Camisón” le cedió a su mujer este buen borrico para que hiciera sus viajes como trasperlista, y ella lo quería muchísimo.

 

La siguiente anécdota demuestra el cariño que Remendao cogió a sus dueños, sobre todo a Pepa. Al nacer el que hoy nos cuenta su historia, Pepa cayó enferma de tiricia, algo parecido a la hepatitis. De hecho, a Ramón le amamantó su hermana Ignacia y una vecina. Pues bien, Remendao, al ver que su dueña no salía de la casa, un día, ni corto ni perezoso, entró como uno más de la familia. Pepa guardaba cama, y Remendao, al escuchar su voz, comenzó a buscarla. Los que estaban allí quisieron echarlo, pero Antonio “Camisón”, sentenciando, dijo “dejadlo, está buscando a su dueña”. Así, Remendao encontró a Pepa en la habitación, y se quedó junto a ella un buen rato. Una vez comprobó que Pepa estaba bien, salió tranquilamente del hogar.

Como decimos, Pepa “La Camisona” era muy querida en el barrio de Santiago. Tan enferma estuvo en esta ocasión, que se quedó sin pelo prácticamente. Una vecina, muy amiga de ella, se cortó el pelo para que Pepa pudiera usarlo y lucir su rohete, que siempre llevaba y tanto le gustaba.

Antonio, hermano de Ramón y al que llamaban
cariñosamente "kiki", posa en la mili,
que realizó en Zaragoza
“La Camisona” era una mujer que tenía muchísima fe, al igual que Antonio “Camisón”, que acudía a los pies de la Virgen de Gracia para
hablar con ella. Así se lo inculcaron a sus hijos, y seguramente la fe interior de “momá Pepa” era la que la hacía una mujer tan fuerte y valiente. Cierto día, cuando las cosas estaban tan mal que tenían que pensar que comerían al día siguiente, se hallaba Pepa dándole vueltas a la cabeza para ver qué podía buscar cuando saliera el sol. De pronto, vio cruzar por el techo de la casa un haz de luz, una especie de rayo de fuego que tan pronto como apareció, desapareció. Al momento, como si esa luz le hubiera inspirado, pensó visitar al día siguiente a su prima Mercedes, “la de Aguilar”. Al verse, ésta le dijo que tenía gran cantidad de garbanzos, y que si quería, intentara venderlos. Pepa “La Camisona” recaudó ese día lo que para esa época era un dineral, y siempre creyó que aquel rayo fue una señal divina.

Relacionado con esto, recuerda Ramón que, cuando era pequeño, los Salesianos estaban al lado de su casa, en lo que hoy es la Casa Hermandad de Santiago. El director por aquella época, Don Ángel Caballero, le propuso a “La Camisona” meter al pequeño “Rami” en el seminario. La propuesta no se llegó a hacer realidad porque Ramón encontró su primer trabajo, pero siempre recordará con cariño la labor de los Salesianos: organizaban muchas actividades para los pequeños, como ferias y fiestas, y desde el muro, les tiraban caramelos a los “camisoncillos”.


El pequeño "Rami", muy aplicado en su foto
de colegio con los Salesianos
Ramón nos cuenta cómo empezó a trabajar. Su recorrido empezó ayudando en la calera y en la barrería, pero fue al cumplir los nueve añitos cuando de verdad sintió que tenía un trabajo y una responsabilidad: entró a trabajar en el Cortijo de La Trinidad guardando vacas, de “zagalete”. Esta palabra es diminutivo de zagal, que como sabemos significa joven, y así se llamaba a los niños a los que se les encomendaba cuidar de las bestias, ya que era un trabajo que bien podían realizar aunque fueran pequeños. Le pagaban dos kilos de garbanzos y 10 pesetas al mes, y medio kilo de pan al día.

“Rami” deseaba trabajar desde muy pequeño. Cuando no trabajaba de zagalete, se iba al campo con su amigo, Manolillo Veneno. Sus hermanos le insistían en que no tenía porqué ir, podía ayudar en los negocios familiares, pero todos los amiguetes de “Rami” trabajaban en el campo, ¿por qué él no lo iba a hacer?

También trabajó en la fábrica de vegetal del “Salamanquino”, dónde se trataba la palma, junto a sus hermanas Pepita y Carmen. Ramón rememora con añoranza lo felices que eran a esa edad: se llevaba tan bien con sus hermanas pequeñas, se divertían tanto juntos, que solía decirles “vamos a estar siempre juntos; ni yo me echaré novia, ni vosotras novios ¡nos quedaremos siempre mocitos!”

Grupo de trabajadoras de la fábrica de vegetal del "Salamanquino"
Las dos primeras mozas de la derecha son Carmen, con vestido oscuro, y Pepita
agachada junto a ella y muy sonriente

La familia de los “camisones” era muy curiosa: Pepa, al haber tenido tantos hijos desde tan joven, vio cómo criaba a sus nietos y a sus hijos pequeños a la vez. En esta casa, cuándo menos gente había, eran 20 o 25.

La tata Francisca junto a su hijo, Antonio
Aquí destaca la figura de una de las hermanas de Ramón: su hermana Francisca, a la que todos llamaban “tata”. Y es que ejerció un papel muy importante en la familia: a pesar de ser una de las mayores, estar casada y tener sus propios hijos, siguió trabajando para su casa y para sus hermanos, sobre todo los pequeños. Pepita, Carmen, Ramón y Remedios la tenían como a una segunda madre, y se criaron junto a sus hijos, que eran sus sobrinos. De hecho, recuerda Ramón que él mismo llevaba a sus sobrinos al infantil, y los cuidaba como hermanos. Más tarde, en sus años de juventud, alternaban juntos como amigos. Debido a esto, Ramón se siente como un hermano mayor más que como su tío, y adora a los seis hijos varones que tuvo su “tata”: Manuel, Antonio, Juan, Francisco, Rafael y Jesús.

Cuando Pepa “La Camisona” salía a trabajar con su hijo José, o cuando casi toda la familia se fue a Burguillos a trabajar en una calera y en una barrería, la “tata” se quedaba con ellos: los cuidaba, los arropaba por la noche, los arreglaba, les daba el cariño que sólo una madre o alguien tan especial como ella les podía dar.


La “tata” era tan trabajadora y valiente como su madre: trabajaba en el campo como un hombre, segando habas, cogiendo algodón o aceitunas: tan fuerte era, que ella misma cargaba el banco de olivar a olivar. Estos bancos eran dos escaleras para llegar al olivo, y un capacho de lona en el centro, donde iban cayendo las aceitunas. Este aparejo pesaba muchísimo, y los solían cargar entre dos, pero la “tata” Francisca tenía una voluntad más fuerte que su cuerpo, y si lo tenía que mover ella sola, lo movía.

Campaña de la aceituna en Lebrija. Vemos como se usaban
estas largas escaleras para llegar a las aceitunas.
El banco de olivar era igual pero con un capacho en el centro

Luego llegaba a la casa y seguía la jornada con las tareas que había que hacer, como lavar la ropa en la pila o preparar la quincana para el día siguiente, y así terminaba su “peoná”, ya bien entrada la madrugada.

Como muchas mujeres de la época, tuvo que amamantar a su hijo Juan durante la campaña de la aceituna: su “momá Pepa” se lo llevaba al campo, y entre pecho y pecho, lo dejaba plácidamente dormido en una espuerta colgada de dos ramas de olivo. Al nombrarlo, Ramón nos pide una frase en esta historia para él, que desgraciadamente, falleció el pasado agosto con tan sólo 54 años: en Alcalá de Guadaíra, su pueblo adoptivo, realizó una increíble labor en el ámbito deportivo durante 30 años, pero sobre todo le recuerdan por su humildad y bondad.

La familia de la tata y su marido Rafael. El matrimonio posa feliz
con sus seis varones

Ramón recuerda a su querida “tata” siempre alegre, canturreando, tarareando algún cante flamenco de la época, ya que le gustaba tanto como a su padre Antonio. Pero también recuerda cómo les reñía: tanto hoy como ayer, las regañinas eran parte de la educación y del cariño. Sin embargo, al igual que su madre o su hermano José, la “tata” les reñía explicándoles las cosas, con firmeza, pero al mismo tiempo con lógica. Ramón, que hoy tiene 69 años, aún se sabe las lecciones que aprendió de su familia y que tanto le sirvieron: respetar a los mayores, no contestar, y no arrimarse a los niños que fueran malos, fueron algunos de esos valiosos consejos.


Rafael, su mujer, la tata Francisca, y Antonio "Camisón"
en los Jardines Murillo de Sevilla


Aunque tanto “momá Pepa” como su “tata” eran de genio fuerte, tenían una docilidad en su carácter que hacía que los que las rodeaban se sintieran a gusto y tranquilos a su lado.


Pepi, la hija que la tata tanto deseó y quiso
Igual de piadosa y justa que “La Camisona”, ayudó a todo el que pudo, incluidos los animales: una vez, incluso salvó a un pato, operándolo. Además, ejerció de practicante para todo el que necesitara. Desgraciadamente, aprendió porque su pequeña Pepi, la hija que tanto deseó, estuvo muy enferma y sufría asfixias, hasta que un día falleció. Esto nos hace reflexionar: si personas tan válidas e inteligentes como la “tata” hubieran nacido en una época más adelantada, sin duda hubieran ejercido una profesión tan valiosa como la medicina o la docencia. 

¡Cuántos profesionales se perdieron por la pobreza y la dificultad de estos tiempos!
 

Rafael, marido de la tata Francisca,
la apoyó y acompañó siempre

Su marido, Rafael, era tan trabajador como ella, y salía a buscar espárragos, tacarninas, caracoles y lo que hiciera falta para luego venderlos. Pero sobre todo, siempre estaba junto a ella, nunca le recriminó que no se separase de su familia: se apoyaban mutuamente y se querían muchísimo.


Cuándo los niños de sus ojos, sus hermanos pequeños, se fueron haciendo mayores, cuándo el tiempo de las penurias comenzó a diluirse, se permitió la “tata” separarse un poquito de su familia, y se fue a vivir a la zona de la Necrópolis, dónde curiosamente, como su padre y su abuelo, empezó a llevar un negocio propio, el de las vacas, mientras su marido Rafael salía a trabajar. Les fue muy bien, pues la “tata”, al igual que su madre, tenía mano tanto con las personas como con los animales, y trabajaba de sol a sol. Cosas del destino, un día en Carmona salió una orden que dictaba que todos los que tuvieran vacas las sacaran del pueblo. La “tata” y su marido Rafael se asustaron y las vendieron, y se marcharon a Alcalá de Guadaíra en busca de una vida nueva.


Desde entonces vive allí, donde es muy conocida y querida. Siempre tuvo muchísimas amigas, y como dice Ramón, era muy “entremetía”. La gente de Alcalá también le llama “tata”, y le demostraron todo su cariño tanto en el entierro de su marido Rafael como en el de su hijo Juan.


Para la familia "Camisón", la tata Francisca
fue como una segunda madre.
Su familia suele decirle que "tiene un
corazón que no cabe en Carmona"

Desgraciadamente, desde hace bastante tiempo se encuentra muy enferma, y como su madre, sigue aferrándose a la vida, siendo fuerte para que su familia no sufra al verla, como su hermano Ramón, que la quiere con locura. Francisca, la “tata”, ha tenido que ser fuerte para enfrentarse a sobrevivir a su hijo Juan, pero el destino le regaló la alegría de llegar a ver a sus bisnietos: su hermano siempre le dice que “Dios se llevó un hijo, pero te regaló tres bisnietos”. Son sus tres últimos tesoros, Luján, Claudio y Ariadna, nieta de su hijo Juan.


Al igual que “momá Pepa”, la “tata” Francisca tiene la recompensa de todo lo que trabajó en sus hijos, nietos y sobrinos, como su sobrina Graci, que la quiere y cuida como una hija. Con 82 años, sus nietos usan las nuevas tecnologías para hacerse fotos con ella y mandarlas a los que están lejos, y ese cariño y amor que le tienen sus descendientes es lo que le da fuerzas para seguir con ellos.

Todos los hijos e hijas de Antonio “Camisón” y Pepa “La Camisona” se casaron, y fue Ramón el que se quedó con ellos, pues aún estaba mozo. Para esa época, la familia había dejado la casa del Paso de la Duquesa y habían vuelto a vivir en la Calle Enmedio.


Hubo una terrible racha en Carmona, sobre el año 1966, y Ramón decidió probar fortuna, y viajar a Francia para trabajar en la construcción. Su familia intentó impedírselo, pues sólo tenía 21 años, pero como “Camisón” que era, ni tenía miedo ni le movían de su idea.

Al volver, quiso irse a Canadá. La familia se echó las manos a la cabeza de nuevo, pero, cuestión del destino, encontró trabajo en la Sevillana, donde trabajaría siempre. Con 27 años, la misma edad con la que se casó su padre Antonio, Ramón se casó con Graci, a la que conocía desde los 18 años. 


Ramón junto a sus compañeros de la Sevillana, colocando
los postes para la feria
Ramón y un compañero de la Sevillana


Antonia, la hermana de Ramón,
vivió cerca de sus padres
en sus últimos años
Más tarde, Antonio y Pepa se fueron a vivir a la Calle Servilia, pues cerca, en la Calle Anfiteatro vivía su hija Antonia, y la “tata” Francisca, que vivía en el Huerto. Así estarían acompañados los últimos años de sus vidas.

Antonio falleció de un infarto, pero su último día fue como todos, feliz y completo. Había dado su paseo de la mañana, se había tomado su copita de aguardiente, que le encantaba, y al volver al medio día, había almorzado junto a su mujer, como un día cualquiera, como tantos que pasó con Pepa. Don Julián, el médico que siempre había llevado a la familia, lloró mucho por Antonio “Camisón”, ya que nada pudo hacer para salvarle, y le tenía gran aprecio.


“La Camisona” se quedó sin su compañero, pero fuerte como era, siguió adelante por sus hijos y nietos. Un mal día, su hijo Francisco, con sólo 42 años, falleció, y eso fue lo que, tal vez, hizo que Pepa luchara con un poquito de menos voluntad.


La familia nunca olvidará a su
"momá Pepa", que tanto luchó
por ellos
Antonio "Camisón"
a pesar de su edad,
siguió con el
mismo espíritu fuerte
Empezó a enfermar, pero su hijo Ramón comparte con nosotros que murió con todo el conocimiento. Desde que enfermó, sus hijos e hijas no se apartaron de su lado: Ramón pasaba todas las noches junto a ella, en la cama de su padre, vigilando su salud. No quería apartarse de su “momá Pepa” mientras le quedara aliento, quería aprovechar cada minuto con ella. En esta situación, Ramón, una noche, sufría de una constante tos, y aquí volvemos a ver la increíble condición de Pepa “La Camisona”: aún estando tan enferma, aguantando no quejarse hasta que sus hijos se iban para no preocuparlos, Pepa le dijo a sus hijas “anda, dale limón con azúcar a tu hermano, que sa llevao to la noche tosiendo, y dile que vaya el médico”.

Ramón, como siempre, hizo caso a su querida madre. Mientras el médico le atendía, su sobrino le buscaba para anunciarle que “momá Pepa” acababa de fallecer. 

Aunque su cuerpo había dejado este difícil mundo en el que todos vivimos, ya cansado de trabajar y bregar, el espíritu fuerte, valiente, solidario y virtuoso de Pepa “La Camisona”, nunca dejó ni dejara de acompañar a sus familiares, y cómo no, a su pueblo, pues ya es parte de la historia de Carmona.




18 de febrero de 2013

Familias de Carmona: Carmela "La rubia el cartel"

Entrevistamos a Carmelita Villalba Cabello, hija de Carmela Cabello Cárceles "La rubia el cartel"

Carmela Cabello, conocida como “La rubia el cartel” por su padre, nació y se crío en la casa grande de la palmera, en el barrio de Santiago, junto a sus ocho hermanos. En esta casa de vecinos vivían al menos 15 familias, entre ellas, la familia de La herrería, como ya explicamos en el anterior artículo de Familias de Carmona.
Carmela "La rubia el cartel", en sus
años mozos

Hoy en día, solemos tener ciertos problemas con los vecinos: nos molestamos por los ruidos, por las zonas comunes, por los pagos de comunidad... Esto nos hace entender el cambio de mentalidad que nuestra sociedad ha sufrido. Lo normal sería pensar que, si eso ocurre ahora que tenemos mucha más privacidad en nuestros hogares, qué no pasaba cuando en los años 30 se compartía un solo baño para 15 familias: pues ocurría todo lo contrario.

Nos cuenta Carmelita que en estas casas de vecinos el respeto hacia los demás era algo primordial: las puertas de los distintos hogares estaban abiertas siempre, los mayores cuidaban de los más pequeños fueran o no de su familia, si una vecina se ponía de parto, acudían todas a ayudarla, si alguien caía enfermo, juntos lo socorrían, y a los hombres jamás se les pasaba por la cabeza faltar a las mujeres de sus vecinos. Todos esperaban su turno amistosamente tanto para cocinar como para usar el único baño del que disponían.

A veces hemos de mirar hacia nuestros mayores, hacia nuestro pasado, para recuperar mucho de los valores que nos enseñaron y que hemos olvidado, en parte por el ritmo de vida tan distinto que hoy tenemos.

Carmelita, la mujer sonriente que hoy recuerda a su familia, viene de una casta con mucho arte: su madre Carmela era muy buena cantaora, y es que a la familia le venía de lejos. El chato de Santiago, hijo de la hermana de Isabel, abuela de Carmen, cantaba en las tabernas de Carmona, y tan bien lo hacía, que incluso llegó a grabar sus canciones.
"El rubio el cartel" con sus
compañeros de murgas

Por otro lado, su abuelo, conocidísimo como “El rubio el cartel” era literalmente un artista carnavalero: desde antes del año 1932 se reunía con sus compañeros para hacer "los carteles": en una sábana, dibujaban, como se observa en la foto, unas especies de viñetas. Una vez acabados los dibujos, usaban su arte e inventiva y en la Plaza San Fernando o en cualquier tasca, iban señalando la viñeta y cantando la sátira que la acompañaba.

Nuestros  “antepasados copleros”, fabricaban sus propios disfraces, sus pitos de caña, sus bombines de cartón. Eran tan conocidos y queridos que incluso desde Sevilla les llamaban para que representaran sus carteles y cantaran sus murgas.

                                                                 

                                                                                                         


Estamos hablando de la época en la que, en nuestro pueblo, los carnavales se celebraban “de clandestino”, pues no sería hasta el año 1984 cuando se celebraran con total libertad, como los conocemos hoy.


Arriba, una de las murgas que formaban parte de sus carteles.

Además de esta afición, “El rubio el cartel” trabajaba en el campo, al igual que su mujer Isabel. Viviendo en la casa grande, una familia cercana sufrió una tragedia: cinco chiquillos quedaron huérfanos de madre, entre ellos Joaquín, conocido como El Lucena, que era el más pequeño de los hermanos. El resto se puso a trabajar en el campo, y “El rubio el cartel” se apiadó de él, ya que era amigo de su hija Carmela y sabían que era un buen muchacho. Así, lo aceptaron en casa como a un hijo más, y el padre de Carmela le buscaba sus faenas: una de ellas fue cuidar el caballo de Don Arturo. La señorita María, de la que ya hemos hablado en otras ocasiones, fue la que le encontró este trabajo a "Joaquinillo" y ayudó, como a tantos otros, a uno de los hermanos del muchacho: éste, debido a una caída, había sufrido la gangrena en las piernas, hasta que tuvieron que amputárselas. La señorita María le pagó todas las medicinas.

Carmela, al igual que Joaquinillo, era muy trabajadora: desde los 11 años la mandaban a trabajar a segar garbanzos, y la ponían siempre junto a los hombres, debido a que trabajaba incluso más que ellos. Rosario La veneno, cuya historia ya hemos transmitido aquí, siempre la buscaba para la cuadrilla del Cortijo Rosalino, pues sus horas cundían más que las de nadie.

Jornaleros y jornaleras del vecino
pueblo de Peñaflor, en una plantación
de maíz

Carmela trabajó "espimpollando" maíz, trabajo que servía para facilitar el crecimiento de la mazorca; "esgranándolo" también, un trabajo extremadamente duro, pues se hacía manualmente. Trabajó en el algodón, en la siega del garbanzo, cogiendo aceitunas...

Su hija Carmelita la recuerda siempre con sus "trolis": eran unos pantalones de lona que protegían la parte delantera de los pantalones que llevaban debajo del duro trabajo del campo. Estos pantalones no tenían parte trasera, para que cuando los trabajadores hicieran sus necesidades no se los tuvieran que bajar. “La rubia el cartel” no se quitó estos trolis hasta mucho después de haberse casado.

El aseo en el campo, como ya hemos contado otras veces, era casi inexistente: las mujeres, si tenían la suerte de tener un pozo cerca, iban a lavar sus ropas, pero la mayoría de veces esto era imposible: muchas sufrieron de sarna, entre ellas Carmela, que se vio obligada a dejar de trabajar un tiempo para curarse de la misma.

Al crecer juntos, Carmela y Joaquín poco a poco se enamoraron. “La rubia el cartel” era una mujer hermosa: una vez, su padre le trajo de Sevilla un precioso vestido rojo. Una buena mujer se lo había regalado tras cantar una de sus murgas. Cuando Carmela lo vio, la ilusión la embargó, pero, como tenía una buena pechera, tuvo que hacerle un “arreglo”: le abrió las costuras de los lados, y las cosió como pudo. ¡Tuvo que ir con los brazos pegados al cuerpo para poder lucir el vestido sin que se vieran los remiendos! El precioso vestido rojo no le duró mucho, ya que al poco tiempo murió un familiar, y tuvo que teñirlo con “fuchina” negra para ir de luto.

Cuando Carmela le dijo a “El rubio el cartel” que se casaría con Joaquinillo, este aceptó encantado, ya que lo conocía bien y le tenía en gran estima.

La joven pareja se fue a vivir a una casa de la Calle La Viga: lo único que tenían era una cama, una espuerta de palma, que dada la vuelta era la mesa, y como cuadro de cabecera, la bicicleta colgada de una puntilla. En esta casa nacieron Manuel y Félix, los dos hermanos de Carmelita, que hoy nos cuenta su historia.

Su vecina en esta casa era la conocida como “La avispa”, una mujer de armas tomar y muy “echá palante”. Esta mujer tenía un hijo que sufría una dura enfermedad mental. Estando el pequeño Félix durmiendo en la espuerta, que dada la vuelta era mesa y llena de paja era su cuna, llegó el hijo de “La avispa” y, jugando con el pequeño, no se le ocurrió otra cosa que darle Zotal: toda Carmona corrió a socorrer al pequeño y a movilizarse para conseguir salvarlo de la intoxicación.

Tras tener a sus dos hijos, la pareja decidió casarse: a las 9 de la mañana se presentó Joaquín Lucena en la puerta de Santa María, con una vieja chaqueta de soldado sin botones, abrochada con alambres. Tras la ceremonia, Joaquín cogió el saco que había escondido cerca de la iglesia para ir a buscar leña, venderla, y así poder hacer el guiso del "convite".

El único ajuar que llevaba Carmela eran dos sábanas de algodón que su padre “El rubio el cartel” le regaló, con tan mala suerte de que al poco tiempo un familiar murió y su madre Isabel le pidió una de las sábanas para poder amortajarlo.

La noche de bodas también fue diferente a la que hoy nos imaginamos: el matrimonio colocó un candil de aceite para alumbrar el hogar, con tan mala suerte que se quedaron dormidos sin apagarlo: a la mañana siguiente, Carmela miró a Joaquín y comenzó a reírse. Cuando Joaquín le devolvió la mirada, también arrancó a reír: los dos habían amanecido con toda la nariz negra del humo del candil, y sus dos pequeños, al verlos, se unieron a las risas.

Esto es un ejemplo de los tantos momentos felices que estas familias, que vivían con menos de lo justo, vivieron a pesar de sus dificultades.
 

La familia de Joaquín Lucena y Carmela "La rubia el cartel": sus hijos
Manuel, Félix y Carmelita. Así posan en la feria, frente a la Caseta Municipal, que antes
era El Casino.

A tantas dificultades se enfrentaban, que tanto los padres como las madres se veían obligados a salir de noche en busca de algo de comer para sus hijos: sus descendientes como Carmelita, nos lo cuentan con orgullo, pues no hablamos de robos por avaricia o por riqueza: hablamos de robos al más puro estilo de "Robín Hood", es decir, por pura necesidad.

Veamos algunas de las anécdotas que nos cuenta Carmelita: cierta noche, Joaquín, desesperado por no poder llevarles nada a la boca a sus hijos, se plantó en el camino por el que pasaba el panadero a lomos de su borrico y con el serón cargado de pan para dirigirse al cortijo donde lo vendía. Este buen hombre, de pronto ve como le da el alto un "bandolero", con un pañuelo tapándole la barbilla y le grita: " ¡Panadero, dame ahora mismo dos kilos de pan!".  El panadero, con toda tranquilidad, le contesta: "Joaquinillo, te los voy a dar porque eres tú".  Joaquín Lucena, con la simpatía que le caracterizaba, le replicó "¡Coño! Si lo llego a saber te pido 4 kilos".

En otra ocasión, Joaquín, como muchos otros hombres y mujeres, salió con la oscuridad para robar algo de trigo del campo. Volvían a casa corriendo, lo "pelaban", y lo escondían debajo del colchón. Cuando los dueños de las tierras se daban cuenta, llamaban a la guardia civil, que registraba casa por casa para ver quién era el responsable.
 
La Guardia Civil en los años 40 dando el alto
a un gitano con su borrico
Gracias a “La avispa”, la vecina de esta familia, que conocía a capitanes de la guardia civil, Joaquín fue alertado de que iban para su casa: rápidamente huyó por el picacho para "salvarse de la soga", como se solía decir.

Carmela “La rubia el cartel” se sentó en el patio al solito con su hijo pequeño, esperando a la guardia civil y rezando para que no registraran su casa. En ese momento llegó “La avispa” y le dijo "¡Carmela! ¡Mira, mira! ¡Mira la fila de hormigas que salen de tu colchón cargadas de trigo!". ¡Las hormigas cruzaban todo el patio y podían delatar a la familia! Entonces sin pensarlo dos veces, “La avispa” cogió la escoba y se puso a barrer las hormigas, al tiempo que movía las macetas para tapar por donde salían. Al llegar la guardia civil, les preguntó que quién vivía en ese cuarto. “La avispa” le contestó que lo estaba preparando para un matrimonio que se iba a mudar, y gracias a que Joaquín y Carmela no tenían ningún mueble, los civiles lo creyeron y la familia se salvó del registro.

Aquí vemos a "Joaquinillo", el segundo por la izquierda,
tocando el hombro de Rafael, tío de Carmelita


Sea como fuere, Joaquín fue siempre tan buena persona y tan trabajador que raramente le faltó la faena: siempre le metían en las cuadrillas y normalmente iba con sus cuñados, con los que se había criado. Carmen nos cuenta que su abuelo, “El rubio el cartel”, lo quería muchísimo, y cariñosamente le llamaba "Lucenilla".





En el año 1958 fue cuando, la que hoy nos cuenta su historia, nació: el cuarto de la casa de la Calle La Viga se les había quedado pequeño, y el hermano de Carmela, José, tenía una cuadra en el Postigo para los borricos, así que les ofreció irse a vivir allí. La limpiaron y pintaron y allí en la cuadra nació Carmelita. El pesebre sería su cuna; un catre para sus hermanos y la cama de sus padres era el resto del mobiliario. La cocina era el corral donde cocinaban a base de leña.

Siendo Carmelita una niña, sus padres no tenían otro remedio que llevársela al campo cuando trabajaban. Le fabricaban una chocita de ramas cubierta con un saco o una manta, y sobre una cunita de paja, la dejaban dormir protegida, mientras su hermano Félix cuidaba de ella, y sus padres recogían algodón o aceitunas.

Las travesuras de Carmelita comenzaron a aparecer conforme cumplía años: un día, corriendo hacia un lado y hacia otro de la plantación de algodón, se desorientó, y Joaquín puso a todos los algodoneros a buscar a su pequeña. En otra ocasión, encontró las quincanas con la comida de los trabajadores y los cántaros, y con la inocencia de esa edad ¡jugó a echar tierra dentro de los mismos! Ahora, después de tantos años, recuerda con una sonrisa la buena regañina que se llevó por parte de los jornaleros.

Le preguntamos a Carmelita cómo se entretenían los pequeños en aquellos tiempos: nos cuenta que su barrio, el de Santiago, era conocido como "el barrio de los kikilis", ya que en aquella época abundaban estos cernícalos en Carmona. Bien es cierto que aún hoy muchos jóvenes siguen conociendo el barrio con este nombre.
 
Niños y niñas de la época: sin apenas juguetes,
usaban su imaginación


Un kikili en el Alcázar de arriba
Carmelita iba con su hermano Félix al antiguo cementerio en Santa Ana, dónde "cazaban kikilis" para venderlos: unos los querían como mascota, pero otros muchos se los comían fritos. Cuando Carmela “La rubia el cartel” llegaba del trabajo, se quitaba los trolis, se ponía el delantal, y veía su casa llenita de kikilis, se enfadaba muchísimo: su hijo Manuel, el mayor, le decía "no les riñas mama, mira que te tienen unas cuantas gordas".


 
Las habas que dan los algarrobos eran las chuches
de los niños de esta época



Otro entretenimiento de los más pequeños de la época era ir en busca de "chuchas silvestres": Carmelita nos nombra las algarrobas, que eran como habas, las espiguitas de cebada, los panipanizo, las alcachofas silvestres y las semillas que daban las malvas y que eran conocidas como "kilito de pan".

Los juguetes con los que se divertían eran muy limitados, pero la imaginación de esta generación hacia el resto. Recuerda Carmelita el primer regalo que su madre le hizo: una muñeca de cartón. Le gustaba tanto, que de lo mucho que la lavó se le rompió.
 
A la izquierda, una muñeca de cartón piedra, cómo la que pudo
tener Carmelita. A la derecha, una muñeca del tipo Mariquita Pérez
que tantos éxitos cosechó en los 60

También recuerda los caballitos de cartón, los patinetes de madera y los platillos. Estos eran las chapas de las botellas de cerveza, que aplastaban y usaban para fabricar panderetas. Su madre “La rubia el cartel”, siempre tan alegre y fandanguera, les ayudaba. Con estas panderetas, sus buenas voces, sus bailes y sus palmas, animaban los bautizos y comuniones familiares, así como las navidades, que celebraban en casa de su abuela Isabel con unas migas y una botella de aguardiente.

Estos platillos, entre otras muchas cosas, corrían a buscarlos en el albollón, que era la única escombrera que había en Carmona en aquella época. Para los más pequeños, esto era como una búsqueda del tesoro. Pero no sólo para ellos. Muchos adultos buscaban allí avíos para sus hogares. Algo que nos llama la atención es la figura del colillero: se podían encontrar muchas colillas, y ya que el tabaco de aquella época no era como el de hoy, se recolectaban, se abrían, se extraía el tabaco y se liaban nuevos cigarros con los que otros tiraban para luego venderlos. Carmelita se esforzaba por encontrar tantas como podía y se las llevaba orgullosa a su padre.
 
Imagen de la película "Mi tío Jacinto", de 1956:
en ella, tío y sobrino trabajan como colilleros

Su hermano Félix quería ser torero, y en la casa del Raso Santa Ana, la tercera en la que vivieron, se llevaba todo el día fabricando banderillas. Un día, ni corto ni perezoso, cogió su maletilla y sus banderillas y se fue con un amigo a "torear" a Lora del Río. Cuando se enteró su padre Joaquín, preocupadísimo, no lo pensó y se dirigió a Lora andando. Al llegar, ya entrada la noche, encontró a los dos pequeños asustados y escondidos: habían visto un bidón en el camino y ¡lo habían confundido con un toro! Joaquín Lucena, que iba con la intención de reñirles, se sintió tan conmovido que abrazó a los dos pequeños y los trajo para Carmona.
 
Dos pequeños de Andújar, en los años 50-60,
jugando a ser toreros como el pequeño Félix

Y es que, según nos cuenta su hija, Joaquín era un hombre muy compasivo para con sus hijos: al haber quedado sin madre tan pequeño, solía apoyarles más que regañarles: eso lo dejaba para “La rubia el cartel”, que ya se encargaba de poner a sus pequeños "derechitos como una vela" y darles los castigos necesarios que harían de estos niños unas personas responsables y coherentes.

Cuando Carmela “La rubia el cartel” no tenía faena en el campo, mantenía a sus hijos mediante el puesto en el que vendía cardillos, espárragos y tacarninas: mucha gente le compraba, ya que tenía el puesto siempre muy limpio y arreglado. Además, era muy buena vendedora. Parte de la fama que tenía el puesto de “La rubia el cartel” fue gracias al esfuerzo de su marido y su hijo mayor, Manuel, que pasaban horas recogiendo lo que allí se vendía. Carmelita recuerda cómo su hermano andaba kilómetros para traerles palmitos, y cómo trabajaba para que su madre descansara.

Joaquín, para transmitirles a sus pequeños la responsabilidad de trabajar, desde que tenían 7 añitos, les facilitó una espuerta de palma para que recogieran aceitunas. El premio: una gorda por cada espuerta que consiguieran llenar. Carmelita recuerda con cariño que, gracias a eso, entendió la importancia de trabajar y ganarse la vida con esfuerzo.
 
Un duro en billete. Carmelita guarda con cariño la billetera
de su padre: este es uno de sus tesoros

Pero, ¿en qué se gastaban Carmelita y sus hermanos esas gordas? Nos dice que compraban chuchas en el puesto de Ana “La fajorera”, que estaba en el Raso Santa Ana. No imaginemos un quiosco como los de hoy: el de Ana era un canasto de vareta (ramas de olivo). Las chuchas que vendía eran: el “arozu”, que podía ser negro, como los que hoy existen de “zara”, o de palo, conocido por todos como el “palodu”. También vendía “La fajorera” chochitos, bellotas, los caramelos de nata, higos chumbos, el famoso palmito, y la cotufa, que aún se vende en la feria junto a los cocos.
 
Hablando del palmito, nos cuenta Carmelita que, antes de morir su madre, fueron al Rocío: allí, la cara de “La rubia el cartel” se iluminó, cuando vio a un hombre que vendía palmitos. La cara de su hija no se iluminó tanto cuando el buen hombre le pidió ¡7 euros por un palmito!

Poco a poco los pequeños que compraban “arozures” y cazaban kikilis crecieron: Manuel se casó estando en la mili, al igual que Félix, que lo hizo antes de empezarla. Fue entonces cuando decidieron comprar la casa de la Calle Ancha donde aún hoy vive Carmelita, y donde cuidaron de sus padres hasta el último soplo de vida, como ellos hicieron con sus tres pequeños desde el primer momento.

Carmelita es conocida en Carmona como “Carmen Lucena La saetera”, pues heredó el arte del cante de su familia, y ha ganado sus buenos premios por ello.  Nos dice emocionada que, cada vez que canta, recuerda a su madre, “La rubia el cartel”, y que, por eso mismo, no dejará de hacerlo hasta que muera.
 
Una de las últimas fotos de Carmela
"La rubia el cartel", sonriente como siempre

Está segura de que sus hermanos, cuñados, sobrinos, hijos, y nietos, siempre recordarán a Carmela “La rubia el cartel” y Joaquín “Lucena”, que fundaron esta gran familia con los pocos recursos que tenían, y que gracias a ellos, hoy, puede contar su bonita historia.




"De su hija Carmelita, que Dios os bendiga dónde quiera que estéis".